Cazadores de perdices

                                               Cazadores de perdices       Circa marzo 1966

  En uno de sus viajes a Junín, mi cuñado Emiliano Jorge vino al pueblo acompañado de su hermano menor, Héctor y trajo sus vituallas de cazador: escopetas, cartuchos, cartucheras, ropas al efecto y un entusiasmo adecuado para la ocasión. Las pampas argentinas se mostraban propicias para esa caza menor entre liebres, gallaretas y perdices. 

     Recuerdo que una de esas escopetas de un caño era marca Centauro calibre 28 y la otra era de dos caños con idénticos cartuchos. 

   Salimos de casa después del almuerzo y tomamos rumbo al  camino que pasa cerca del cementerio y continúa entre chacras y campos con rastrojos de la última cosecha y a veces con algunos animales pastando. 

     Media hora más de caminata y los campos se veían con esa paz y con algunos aleteos de las perdices que en vuelo rasante huían de nuestra presencia,

       En cierto momento cruzamos el alambrado que separa el camino de tierra de los campos y pisamos el rastrojo del maíz lentamente, ya con las escopetas prestas para disparar ante la inminente advertencia de ese vuelo rasante de las perdices. 

   Así ocurrió y mi cuñado acertó el tiro esa primera vez siguiendo el vuelo por unos segundos con la mira puesta en la presa, y apuntando unos centímetros delante de la trayectoria de la perdiz.

    Seguimos un tiempo así con más aciertos que yerros, y volvimos al camino de tierra cuando el próximo campo se presentaba como de crianza de animales vacunos ya que allí no se podía disparar armas de fuego.

     Caminamos un rato más, y en el próximo campo vimos un potro bravío correteando por ese lugar. Unos metros más adelante vimos, cerca de una tranquera, una choza de paredes de barro con techo de paja y un molino. No habíamos llevado ni agua ni comida o frutas y decidimos pedir un poco de agua al morador de ese rancho.

    Golpeamos las manos para anunciar nuestra presencia, el habitante del lugar se asomó a la puerta y ante nuestro requerimiento accedió que llegáramos hasta el rancho. Pasamos la tranquera y nos recibió la sombra de los árboles aledaños que calmó un poco el calor que estábamos padeciendo. Unos pasos más y entramos a ese monoambiente campero: la cocina cercana a la puerta de entrada y a la luz de una ventana, una mesa amplia y cuatro sillas o banquetas donde nos acomodamos, y mas allá, en la parte donde llegaba muy poco la luz natural, un camastro individual del habitante de ese puesto.

       Sobre la mesa se veía un vaso con algo de vino y Don Ramón, según se presentó cuando entramos, nos ofreció vino para aplacar la sed y aceptamos el convite. Lo acompañamos a buscar una botella de vino fresco en el pozo del molino. Allí ubicado tiró de una soga que rescataba del fondo un balde que contenía tres botellas en ese ambiente fresco. Separó una que ofreció a mi cuñado y devolvió el balde a ese refrigerador natural con las dos botellas restantes.

      Ya en el rancho se dirigió a una alacena y trajo tres envases para las visitas mientras nos comentaba que él estaba en ese lugar para cuidar de ese potro que vimos en el campo: era un padrillo al que no había que molestarlo pues era brioso y encarador.

    Sirvió ese vino tinto en nuestros vasos y él completó el suyo. Brindamos por el encuentro y me llamó la atención el formato de los vasos que había proporcionado a estos cazadores de perdices: eran redondos, casi esféricos y de bordes gruesos. No soy muy experto en cristalería pero reconocí inmediatamente esos envases pues los  había visto en la farmacia de mi viejo y correspondían a las famosas ventosas de uso cotidiano por aquellos tiempos.

    Estos elementos se utilizaban principalmente para aliviar dolores musculares, articulares, contracturas  de espalda y otros trastornos músculo-esqueléticos y circulatorios. Ya en esa época eran procedimientos alternativos y un poco obsoletos.

   Continuamos la charla con el puestero y agradecimos el haber aplacado la sed con el vino fresco, nos despedimos y desandamos el camino rumbo al pueblo portando la media docena de perdices que fueron la cena de esa noche para toda la familia en mi casa de Morse.

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