La Noche de Reyes
La Noche de Reyes
Como a todos los chicos de ocho o nueve años, la noche previa a la llegada de los Reyes Magos en 1957, era de gran expectativa. Esa noche cenamos lo de costumbre y los temas de conversación se referían de una manera u otra, a los regalos que nos traerían aquellos magos y reyes.
En otros años mis hermanas y yo recibíamos libros, bicicletas, muñecas, autitos de juguete, otros a pedal, sulky-ciclos, etc. a la madrugada y en piyamas, pues el primero que se despertaba por algún ruido que hacían los camellos, se encargaba de despabilar a los demás.
Esa noche preparamos la palangana con agua y manojos de pasto para alimentar a los camellos y nos acostamos con las ilusiones de siempre, pero no sospechamos lo que acontecería la madrugada siguiente.
Mucho antes de lo previsto, serían como las cuatro de la mañana, unos ruidos diferentes que provenían del local de la farmacia que tenía mi viejo, me despertaron. Llegaron mis hermanas con sus muñecas y ropas nuevas y junto a mis zapatos estaban unos autitos y camiones plásticos y libros de cuentos.
Mis padres, que regresaban del local, nos felicitaron por los regalos recibidos y nos comentaron las novedades: el por qué de los ruidos que nos despertaron. En el pueblo había habido un accidente con heridos. A falta de médico, mi padre había tenido que ir a prestar los primeros auxilios a requisitoria de la policía.
Todo el pueblo ya estaba alertado por el suceso y algunos vecinos venían a preguntar a mi padre qué es lo que había ocurrido. De ahí los ruidos, el golpe del llamador, las voces altisonantes que escuchábamos y que nos despertaron antes de tiempo.
Pero la cuestión no era tan sencilla como la pintaban. Por los comentarios de la gente, más que accidente había sido un crimen pues el marido tomó a golpes a su mujer y la había matado.
Nos vestimos y salimos hacia el lugar del hecho distante unas cinco cuadras de casa. La noche aún no amanecía, pero el sol se anunciaba por una claridad en el cielo desde el este.
En los fondos de la rústica vivienda del matrimonio, que habitaba con sus cuatro hijos, había muchos vecinos con linternas y faroles congregados que comentaban lo sucedido, en torno de un cuerpo sobre el piso de tierra tapado con una frazada.
Cerca de allí, las gallinas se despertaban por la anunciada presencia del sol y el bullicio de la gente. Al parecer, el agresor estaba detenido y los hechos debieron sucederse así: luego de una noche de brindis y vinos, discutieron por un motivo que yo desconocía, y el marido puso fin a la discusión pegándole a la mujer con un hacha en la cabeza.
Apoyada contra un poste del alambrado del gallinero estaba el arma asesina con algunas manchas de sangre y cabellos adheridos en la parte del ojo de la misma.
La luz del día se hacía cada vez más evidente y los contornos del escenario eran visibles para todos. Al rato la policía transportó el cuerpo de la occisa, retiró el hacha, y los hijos, espectadores obligados de la situación familiar, fueron llevados por unos vecinos solidarios.
Se hicieron cargo de ellos pues, con la madre muerta y el padre entre rejas, los chicos necesitaban de alguien que los acompañara en esas horas difíciles y los dirigiera por el buen camino.
Para ellos, esa Noche de Reyes no habrá sido la más feliz, pero creo que la voluntad y enseñanza de los vecinos del pueblo, habrán producido un cambio en sus vidas y ése es el mejor regalo que puedan haber recibido.
Phil, 05/01/2003
- PD: En aquellos días no se conocía la palabra femicidio... 03/06/2015
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