CATEA

    


 CATEA 
           ... a pura costilla.. en las playas de San Clemente  El mar, las olas, la playa y un
abrazo simétrico con mi amigo de cuadra en Ciudadela : con  Carlos A. Reggiardo

Él venía a mi casa por las tardes luego del horario escolar y jugábamos a los cowboys, con autitos y con la ruedita y un alambre. 

Yo lo visitaba en su casa y mientras su madre preparaba la cena y escuchaba las novelas de Héctor Bates por la radio ("El Hormiga Negra", entre otras), jugábamos a las cartas y esperábamos la llegaba del padre que era chofer de colectivos de la línea 136, interno 216.

Apenas llegado nos saludaba y sentado a la mesa desplegaba las planillas de control de boletos y registraba la venta de estos tomando nota de los remanentes en la máquina boletera que se utilizaba entonces. Contaba la recaudación apilando billetes de distinta denominación y las monedas desde la máquina de clasificación y acumulación de níqueles. 

Algunos fines de semana el colectivo permanecía todo el día en la calle frente a su domicilio y jugábamos en él haciendo como que conducíamos alternativamente. 

El colectivo tenía su espejo frontal decorado con guirnaldas de cordones y la palanca de cambio tenía un dado que se iluminaba al frenar. Algunas veces el padre nos recriminaba que no encendiéramos las luces del colectivo pues se quedaría sin batería al día siguiente cuando quisiera arrancar el motor para ir a trabajar. 

La misión era dejarlo limpio y juntábamos los boletos descartados por los pasajeros buscando algún capicúa. 

   De esa experiencia vivida, a veces menciono mi pasado como colectivero circunstancial. 
     En cierta ocasión, jugando a los cowboys en el porche de mi casa, yo, el sheriff, había capturado al ladrón de vacas al que até con un cordel las manos a la espalda y los dos tobillos para que no escapara. Así la situación le indiqué: 

    “¡Camina al calabozo!” y con un suave empellón toqué su hombro; ¿¡para qué!? : él quiso caminar y cayó al piso golpeando su mentón en la baldosa pues sus manos atadas a la espalda le impidieron resguardarse del golpe. ¡Pobre Catea! La barbilla sangrante por un corte de un centímetro fue asistida rápidamente por mi madre con agua oxigenada y una gasa y con un reto a mi atrevimiento, previo desatar al bandido, lo acercamos a su casa y pedí perdón a su madre. 

  Imagino su dificultad cuando años más tarde deba afeitar esa barbilla y recuerde la cicatriz provocada por este sheriff de la injusticia. 

 

       Pie de foto: Reveo esta historia y pienso si en ese momento ¿no estaría yo abrazando a un futuro Beatle? 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Rambler

Cazadores de perdices

El Almacén de chapa