el de las fichas azules
¡...el de las fichas azules...!
En ese verano del ´65, algunos de mis amigos del pueblo planificaron ir de vacaciones a Mar del Plata, acompañados por la madre de alguno de ellos. Al día siguiente desde Junín tomé un ómnibus de larga distancia que me llevara hasta esa localidad balnearia y mi madre me recomendó que si iba al Casino, le jugara al 25. Con una valija y un bolso de viaje, esa noche inicié el camino en búsqueda de mis amigos de Morse.
El ómnibus llegó a destino en horas de la mañana y por suerte la terminal estaba cerca del centro y del hotel de calle Buenos Aires donde estaban mis amigos. Me dirigí hacia allí presuroso para conseguir una habitación, pero me informaros que estaba completo y no había comodidades.
Me dijeron que en el local de turismo de la ciudad, cerca del Casino, se ofrecían alquileres en casas particulares y hacia allí me dirigí con la intención de alquilar una cama por seis días que sería mi estadía en esa localidad.
La gente agolpada en el lugar requería sus pretensiones de comodidades y levantando la mano decían "¡Tres camas!" ... "¡Dos Camas!" ... "¡Cuatro camas!" y el empleado de turismo ofrecía las ofertas de los residentes en la ciudad para ubicar a los turistas que no habían conseguido ofertas en hoteles y pensiones.
Pasó una hora y algo más pero no se conseguía las dichosa "¡Una cama!" que yo necesitaba. En esos momentos escucho que otra persona también deseaba esa pretendida y solitaria "¡Una Cama!"; lo miro y llamo su atención, me acerco y le digo
"¡Que tal si pedimos DOS Camas porque de a una no se ofertan!"
"Me parece buena idea", dijo e inmediatamente aceptó la oferta de dos camas que ofrecía el de turismo, quien nos pidió los números de documento y nos dio el domicilio de la renta ofrecida.
Caminamos cerca de once cuadras desde el Casino para llegar al lugar que íbamos a rentar por cinco o seis noches y charlamos contándonos qué haríamos en estas vacaciones y qué hacíamos en nuestros lugares de residencia. Llegamos al lugar asignado y nos atendió la propietaria, una señora muy amable, quien nos mostró la habitación con dos camas luego que dejamos el equipaje nos ofreció una merienda.
Cambiamos las ropas por algo más cómodo para ir a la playa en las horas de sol que quedaban y volvimos al centro de la ciudad donde él vería algunas peluquerías pues trabajaba para Miguel Romano y yo trataría de ubicar a mis amigos de Morse.
Recorrí las playas cercanas al centro de la ciudad en búsqueda de ellos pero fue en vano; dejé mi mochila y la ropa en la playa y disfruté un poco del agua fresca del mar. Regresé a la playa, tomé el último sol de la tarde recostado sobre la lona, sequé mi cuerpo con la toalla, me vestí y regresé al departamento de calle San Luis.
Allí una ducha ligera sacó la sal del cuerpo y me vestí adecuadamente para ir al centro a cenar. Mi compañero de pieza llegó en ese instante y me dijo que lo esperara, se duchó y cambió de ropa, y expresó su deseo de ir al Casino y me preguntó si lo acompañaba.
Caminamos unos quince minutos y llegamos al centro donde Eduardo fue a visitar una peluquería y charlar unos minutos con un amigo, luego de lo cual nos encaminamos al Casino Central, subimos al primer piso por esa escalera amplia y adquirimos las fichas para apostar a la Ruleta.
El poco dinero que yo poseía para esa diversión alcanzó para comprar apenas unas diez fichas azules de la más baja denominación, con las cuales comencé a apostar a números plenos. Veinte minutos después sólo me quedaban la mitad de las fichas y presuponía que me iría pronto de la sala pues la suerte no me acompañaba. A mi amigo ocasional, Ernesto, tampoco le iba bien y renegaba de su suerte.
A partir de allí comencé a apostar a semiplenos, es decir dos números cercanos de la ruleta y recordé el número que había mencionado mi madre, lo asocié con el número 28 y coloqué una ficha entre ambos. Esta ruleta en particular, cuya bolilla, hábilmente manipulada por el croupier repetía azarosamente números de la primera docena, luego de la segunda y en el momento que estaba poniendo esta ficha en la mesa se estaba dando cifras de la tercera docena.
Tal fue mi sorpresa cuando veo que el croupier cruza el rastrillo de fichas sobre el número 25 y canta:
"¡Colorado el veinticinco!"
premiando mi apuesta y la de otros que jugaron a ese número. Recogí las diecisiete fichas azules que correspondían a mi apuesta de semipleno, las coloqué en el bolsillo del saco. Con Ernesto fuimos al ventanal del Casino cercano a la mesa de ruleta y fumamos un cigarrillo que amenguó la ansiedad y los nervios por haber acertado.
En eso estábamos cuando escuchamos desde nuestra ruleta que alguien llamaba:
"¡El de las fichas azules!... ¡El de las fichas azules!..."
Rápidamente fuimos a la mesa con sorpresa y alegría vimos que la siguiente bola había repetido el número 25 otorgándome otro premio a la ficha que yo había dejado en el paño a caballo del 25 y 28. El número de la suerte de mi madre me premió dos veces en esa apuesta.
Hice dos apuestas más, sin suerte alguna, e invité a Ernesto a comer unas porciones de pizza en la Rambla.
Al día siguiente fui a la playa, encontré a mis amigos morseños a los que conté mi suerte en el Casino, y en dos días más regresé al pueblo para darle la noticia a mi madre y comentarle que su número me dio suerte.
¡Como para olvidarlo!... si ella había nacido ese día de setiembre a principios del siglo XX.
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