El Matadero
El Matadero
Esa tarde de verano los chicos del barrio decidieron ir al matadero municipal. En un campo cercano detrás del cementerio, donde íbamos a cazar torcazas, y sobre una lomada, había una construcción a la que ellos denominaban de esa manera, pero yo no sabía de qué se trataba. La intriga iba a ser develada en el transcurso del paseo pues no tenía nada que ver con su vecino, el cementerio, como yo sospechaba y nunca me animé a preguntar.
Allí, en el matadero, se faenaban las vacas, que los carniceros nos ofrecían en sus negocios o acercaban a las casas del pueblo con su carro alto, acondicionado para el transporte de los cortes que las vecinas compraban.
Nada más parecido a un patíbulo: llegamos hasta el cementerio y cruzando unas alambradas trepamos la lomada para por fin llegar al lugar del sacrificio. En ese sitio había unos corrales donde se encerraban los animales que cada carnicero había aportado para el evento que ocurría una o dos veces por semana. De acuerdo a la demanda y los precios del día, entre los tres carniceros enviaban de cuatro a cinco reses a los corrales.
Uno de ellos o su peón, a caballo, llegaba hasta el corral y enlazaba a uno de los animales ya seleccionados y lo llevaba hasta un poste clavado en una explanada. En esos momentos pude apreciar que el lazo era una cadena fina de unos diez metros de largo, que hábilmente manejada por el individuo a caballo, se ajustaba fuertemente al cogote de la vaquillona, hasta casi ahorcarla. Amarrada junto al poste, la desorbitada y babeante vaca mugía y pateaba renegando de su futuro.
Otro de los presentes, diestro con el cuchillo, era el encargado de matar al animal. Se acercaba al poste e introducía cuchillo y brazo una cuarta por debajo de esa cadena que rodeaba el cogote del vacuno. La certera puñalada a la altura de la arteria yugular, producía el desangrado del mismo. Regada la tierra con ese líquido rojo oscuro formaba charcos en los que el animal resbalaba y por fin caía con los estertores de la muerte.
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