EL RETA
El Reta
He veraneado en ese balneario desde que tenía 4 años: me impresionó aquella vez la inmensidad del mar y me negaba a entrar a mojarme los pies. (“¡¡Cuánta agua!!”, le comentaron a un personaje de película quien respondió “¡¡...y la que habrá debajo... !!” Cantinflas dixit en su primera visita al mar). Al día siguiente, otra vez el suplicio del mar, pero con resultado diferente: no me podían sacar del agua. Llegar a ese lugar significó toda una aventura para alguien como yo que solo conocía algunas calles de mi barrio, cerca de la Capital Federal, y algunas visitas a unos parientes en Bella Vista. Debíamos tomar el tren desde Constitución rumbo a Tres Arroyos donde esperaríamos unas horas para hacer combinación con el tren que nos acercaría a la estación Copetonas. Temprano por la mañana salimos desde Ciudadela hacia la ex terminal del Ferrocarril del Sud en Constitución actual FCGRoca. Antes del mediodía el largo tren de pasajeros, con sus secciones primera, segunda y pullman, salió lentamente a la hora indicada y recorrió las localidades suburbanas en una hora y media, luego de lo cual se internó en la pampa sembrada trigo, girasol o maíz. También había grandes extensiones de pastoreo donde rumiaban vacunos, trotaban equinos y correteaban la ovejas. Admiramos el paisaje de la planicie verde y cada tanto alguna población donde el tren bajaba y subía pasajeros. Comimos algo que habíamos llevado para la ocasión y en un momento escucho a mi madre llamándonos la atención con una exclamación: --"¡Los Hilos!¡Miren los Hilos!" Sorprendido por la voz altisonante referida, según mi parecer, a esos postes que soportaban las transmisiones telegráficas entre las estaciones y que acompañaban a las vías del tren desde que iniciamos el viaje. -- "¡Mamá! ¡Estos postes ya los ví desde que salimos de la estación!" Entonces ella me señaló unas construcciomes verticales, como cilindros gigantes y me explicó que se llamaban SILOS y que contenían los granos de la cosecha anterior. Creo que dormimos una siesta y al atardecer casi de noche arribamos a la estación Tres Arroyos donde debimos esperar la combinación de otro tren que saldría en horas de la mañana y nos acercaría a Copetonas. Hicimos campamento en la plaza frente a la estación, cenamos algo, nos abrigamos y dormimos esa noche a la intemperie esperando el tren de la mañana.
Guardavidas Etcheverry y las turistas Tía y Sobrina verano 1965. Enviado desde mi Samsung Mobile de Claro | Amaneció temprano ese verano, desayunamos algo y fuimos a embarcar al otro tren de pocos coches de pasajeros que nos acercaría al balneario y al mar. Un par de horas más y arribamos a Copetonas. Allí, mis padres, mis hermanas y yo, el menor, bajamos del tren y acarreamos bultos y valijas de viaje (parecía una mudanza) hacia un lugar donde se contrataría un transporte para llegar al Reta. A pocas cuadras de la estación había un lugar anunciando transporte al balneario pero no fue un carromato Villalonga tirada por caballos sino un automóvil de esos años: negro, con guardabarros redondos y grandes faroles, propio de los '40. Luego de cargar combustible (en esa oportunidad kerosene) con el conductor acomodamos todos los bártulos en el vehículo de alquiler, subimos y partimos siguiendo el camino de tierra y arena que unía las dos localidades. Salimos y unos kilómetros más el camino se hizo muy sinuoso tanto en horizontal como en vertical: había muchas curvas y aparecían lomadas características de esas zonas cercanas a la costa. Así fue como a veces estábamos abajo y otras en la cresta de la loma donde podíamos apreciar a lo lejos, que nos estábamos acercando al mar. Esa franja plateada y verdosa aparecía y desaparecía enmarcando el horizonte curvo que se apreciaba a la distancia. Un rato después llegamos al pueblo y nos ubicamos en una casa que alquilaba habitaciones a turistas. La dueña de casa de apellido Herrera tenía dos hijos que ayudaban en los trabajos de la casa y tenían redes de pesca que tejían y arreglaban para ganarse unos pesos vendiendo los productos del generoso mar. Una de las artes de la pesca de esa familia, era llevar las redes a la orilla del mar y uno de los hermanos, montando un caballo blanco de gran alzada que sostenía un extremo de la red atada a su cincha, se introducía mar adentro pasando la canaleta profunda. Casi nadando, el animal se desplazaba paralelo a la costa desde donde los otros pescadores y solícitos turistas sostenían la red con fuerza y decisión. Unos minutos más tarde el jinete conducía al caballo hacia la playa completando una trayectoria semicircular. Todos arrastraban las pesadas redes sobre la playa y allí nomás se clasificaban las especies obtenidas que los pescadores ofrecían a los asistentes a un precio acomodado. El excedente lo llevaban algunos comerciantes para sus tiendas en el pueblo y los hoteleros para deleitar a los turistas. En pocos días más terminarían las vacaciones y debíamos volver a casa, a la rutinaria escuela y a los amigos del barrio, pero esta experiencia inolvidable de mi encuentro con el mar y los pescadores me acompaña hasta estos días. |
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